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G for Geeks, Con Ñ de Ñoños

Cómics

Dedicada con mucho cariño a la memoria de Stan Lee, Steve Ditko y Jack Kirby

Quiero empezar esta serie de columnas con una reflexión y una especie de recuento de lo que fue asistir a La Mole 2018, en el centro de convenciones de Banamex, ese que está a un lado del hipódromo al que va la gente a apostarle a los caballos y que cada que pasábamos frente al largo ventanal nos traía a la memoria los chistes de Polo Polo.

Para los que no conocen sobre estos asuntos, La Mole es una convención que reúne a creadores y artistas del mundo del cómic, a profesionales y amateurs del cosplay, a desarrolladoras de videojuegos de alta gama y a gente relacionada con la fantasía, el anime, el manga y la lucha libre. Y los fans, no olvidemos a los fans. Todos se integran en una sola masa de gente que circula por entre los pasillos y los stands en busca de autógrafos, fotos, el mejor precio por un artículo de colección o una simple sonrisa de algún héroe de la infancia.

De la larga lista de creadores y artistas invitados que hubo en la convención, para mí, por mexicano, por ñoño y por ochentero, las presencias más importantes fueron las de Oscar González Loyo y José Luis Durán, el primero creó a Karmatrón y los transformables, comic medular de la historieta en México, el segundo es uno de los dibujantes más importantes de la industria en México, con créditos como Santo, el enmascarado de plata, El Pantera y las versiones completamente mexicanas de El Hombre Araña, publicadas en los setentas por La Prensa.

Platicar con ambos maestros de la narrativa gráfica fue hipnotizante, su sencillez y su calidad humana contrastaban ampliamente con su enorme portafolio de trabajos, eran, junto a Kevin Eastman (co-creador de las tortugas ninja), Paul Zaloom (el hombre detrás del mundo de Beakman) y el gigante sabio, Tinieblas, los invitados más cercanos al corazón de los que ya superamos la treintena de años. Cada intercambio de miradas, cada vez que había una proximidad suficiente como para escuchar la voz o apreciar la sonrisa del rostro que ya no era un mero encabezado en las páginas de tus cómics, o en la pantalla de tu televisión.

Es posible que para los nativos de las ciudades grandes en México esto no sea tan impactante, digo, en la Ciudad de México la gente se pasa de largo frente al Palacio de Bellas Artes sin voltear a verlo en admiración total, de tan acostumbrados que están a su presencia. Pero para nosotros, un grupo amplio de visitantes de las mal llamadas provincias del país, estar así de cerca de ellos es algo único. Es único porque cada vistazo te lleva a un momento específico de tu infancia bajo los cielos azules del tiempo, seguro nos pasa a todos, sin importar de dónde seas, te transportas al momento en que leías al Karmatrón y te dabas cuenta que ese robot cabezón y de pies enormes se llama igual que tu hermano mayor, y comienzas a decirle el Robby en lugar de «el Robe», para chingarle, para ver cómo se encabrona.

Oscar González debe ser el hombre más amable del mundo, a todo el que se acercaba a su mesa le dibujaba algo, y le dedicaba una sentida y honesta firma en sus comics, sin importar cuántos fueran. Yo le pedí que me dibujara a ese robot, Robby, para regalárselo a mi hermano, el que ahora se encuentra tan lejos de mí, en la distancia que significan poco más de mil kilómetros de tierra y poco más de mil abrazos que no nos hemos dado desde la última vez que me fui de la casa de mi madre. Oscar esbozó una sonrisa y me platicó la historia de la creación de ese personaje, era justo como la había imaginado, contada por su creador, con la complicidad de los otros artistas de su estudio-editorial Ka–Boom!. Inevitable fue querer llorar y abrazar los recuerdos. Igual que al platicar con José Luis Durán y sus dibujos alucinantes; mezcla de infancia, erotismo vaquero y poder y responsabilidad, una maravilla de voz oxidada, de andar lento, pero de trazo firme y legendario.

Por eso leemos comic, al menos por eso lo leo yo, por evocar los recuerdos de lo que me llevó a andar de voluntario aquí y allá, darme cuenta de que es gracias a la lectura de cómics que me gusta ayudar en lo que pueda a quién se deje. Lo aprendí del Karmatrón, del arácnido, del Santo y del Capitán Aventura (Tinieblas). Leer comics me hizo mejor persona, una persona que me gusta cómo es, porque con los X-Men aprendí a no discriminar, porque con la Heavy Metal aprendí de la línea sucia y del rock en la página, porque fue gracias a la Mujer Maravilla que aprendí de la pertinencia y la necesidad de la lucha feminista… Y luego leí a Miller, a Moore y a Gaiman y aprendí un oficio, el de contar historias. Creo que este texto es más bien mi declaratoria de agradecimiento a todas esas personas involucradas en la creación de historias, ya en cómic, ya en cine, ya en  cuentos y novelas de altura. Gracias a todos ustedes.

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